C
Continuamente encuentro pájaros en tu pelo,
como si Hitchcock hubiera dirigido nuestro amor
y Buñuel le añadiera un toque surrealista.
Son pájaros de Magritte, construyendo
nidos cubistas en la nuca de una Venus moderna.
Los dejo volar dentro de tus ojos —dos ventanas
a un Edén urbano—, y la luz se desata
como en un cuadro de Hopper,
iluminando el set de nuestra película muda.
Al tacto despiertan las raíces de árboles
—¿serán de Yggdrasil o del Bosque Animado?—
marcando las fronteras de tu vientre
como líneas en un mapa del tesoro.
Encuentro pájaros petrificados,
fósiles de un Jurásico de ausencia,
entrando en mi cama,
en mi insomnio de Morfeo.
Se enciende el deseo, como una bombilla de Edison.
Una bandada recorre tu piel
—¿serán los mismos que pintó Escher?—
quemándome la lengua con sus alas de fuego,
mientras pronuncio tu nombre
como un conjuro sin fin.
Cantan los pájaros en tu pelo,
una sinfonía de Stravinsky;
me repiten tu rostro,
como un estribillo de los Beatles.
Sus ecos se disuelven en el vacío,
dejándome ingrávido,
como en una canción de amor de Sabina.
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